domingo, 12 de julio de 2026

Evangelio Diario Domingo XV ordinario 12 de Julio

Reflexión Monseñor Enrique Diaz Diaz 
Obispo de Irapuato 


XV Domingo Ordinario
Isaías 55, 10-11: “La lluvia hará germinar la tierra”
Salmo 64: “Señor, danos siempre de tu agua”
Romanos 8, 18-23: “La creación entera gime y sufre dolores de parto”
San Mateo 13, 1-23: Una vez salió un sembrador a sembrar”
Imposible no hacer referencia a “la madre tierra”, como la llaman nuestros pueblos 
originarios, ante la insistencia de los textos de este día. El salmo 64 es un poema de 
alabanza al Dios creador que se regocija engalanando los fértiles campos, bendiciéndolos 
de renuevos, vistiéndolos de rebaños, coronándolos de frutos. Pero este paraíso, que canta y 
alaba el salmo, parecería que ha quedado en el olvido. Las lluvias torrenciales se abaten en 
zonas del planeta, mientras extensas zonas agonizan en la sequía. ¿Es culpa de la 
naturaleza? Creyentes y no creyentes todos coinciden en que es culpa de la depredación del 
hombre. Si la primera Palabra hizo brotar la vida y el Señor Dios la encontró como 
“buena”, ahora hay quien mira a la naturaleza con temor y como una amenaza. Pero ¡los 
hombres somos quienes la hemos dañado y está al borde del colapso! La “Buena Madre 
Tierra” podría dar suficiente alimento y cobijo a toda la humanidad, pero los excesos y la 
explotación irracional han puesto en grave peligro a las generaciones venideras. Cuántas 
empresas, madereros y terratenientes se enriquecieron de nuestras selvas tropicales, de 
nuestras verdes sierras, fraccionando fértiles terrenos y rapando extensiones inmensurables. 
Cómo se siguen sobreexplotando las entrañas de la tierra, arrancando irresponsablemente 
sus tesoros, sus aguas, su petróleo… y ¡todo para beneficio de unos pocos! Los lechos de 
nuestros ríos están atascados de basura y de desperdicios. La mayoría de los desagües 
contaminan mares y lagunas. Las transnacionales se han adueñado de los depósitos de agua 
y oxigeno. Irresponsablemente emitimos gases, polución, calor, químicos y desechables que 
la están asfixiando.
San Pablo ya les decía a los habitantes de Roma que “la creación está sometida al 
desorden, no por su querer, sino por la voluntad de aquel que la sometió”. El problema 
del deterioro de la creación no podrá frenarse, ni resolverse mientras no cambie 
radicalmente la concepción que el ser humano tiene sobre ella y sobre los conceptos de 
responsabilidad, felicidad y fraternidad. Mientras la creación sea vista solamente como un 
factor productivo y un recurso explotable, la lógica del consumismo exigirá que se le 
explote al máximo a fin de continuar siendo “competitivos” y dejando una estela de muerte 
para el futuro. Mientras la ambición supere a la responsabilidad frente al don que Dios nos 
ha confiado, la seguiremos destruyendo impunemente. Mientras el individualismo, el placer 
y la seguridad personal predominen sobre el sentido comunitario fraternal, continuaremos 
acabando con el cosmos que es la casa no de cada uno, sino la casa de todos. A pesar de 
que Pablo afirma que la creación está sometida al fracaso, nos la presenta expectante y 
anhelando la revelación escatológica de todos los humanos como hijos de Dios. La 
naturaleza sufre las consecuencias del pecado humano, pero vive la esperanza pues también 
ella será liberada de esta esclavitud que significa la decadencia y el deterioro. La creación gime y participa de los sufrimientos de este último tiempo pues no hay relación entre la 
finalidad para la que fue creada y la situación actual. Pero también la creación entera 
participa de la redención de la obra de Cristo. ¿Mataremos nosotros esta esperanza?
El texto de San Pablo, aparece duro y cuestionador pero también lleno de esperanza, pues 
los gemidos de la creación, al mismo tiempo que son de dolor y angustia, también aparecen 
como gemidos y dolores de parto, unidos a la esperanza de los creyentes que poseen las 
primicias del Espíritu y que anhelan que se realice plenamente nuestra condición de hijos 
de Dios. Es la clave para transformar el corazón del hombre: reconocerse hijo de Papá Dios 
y hermano de todos los hombres. Sólo cuando se piensa y se vive en este ambiente se puede 
entender plenamente la creación como casa y pertenencia de todos. ¿Ilusorio? ¿Imposible? 
La parábola del sembrador que reflexionamos en este domingo es una parábola de 
esperanza y optimismo que hace despertar la ilusión y soñar con lo imposible. 
Normalmente al escuchar esta parábola asumimos y reflexionamos sobre nuestro papel y 
situación de tierra que recibe la Palabra. Y es una interpretación válida y legítima, pero 
quizás también hoy podríamos asumir el papel del sembrador y la forma en que debemos 
sembrar esta Palabra que debe dar vida. Nosotros, discípulos, somos los hombres de la 
Palabra y debemos sembrar esperanza y no convertirnos en plañideras de lamentos y 
desilusiones. Frente a una creación que gime y agoniza, está muy clara nuestra tarea: no es 
segar, ni cosechar, sino sembrar, sembrar con abundancia, sin cálculos mezquinos, sin 
exclusiones, sin medida. Dejemos las desconfianzas, las recriminaciones inútiles y los 
pesimismos que paralizan, y lancémonos a sembrar. Sembrar nuestro mundo de la Palabra, 
pero también sembrar semillas en nuestros campos, flores en nuestras ciudades y árboles en 
la selva y en la sierra.
Sabemos que encontraremos terrenos pedregosos, pero no tengamos miedo ni a los 
tropiezos, ni a los rechazos. La gota de agua abre la más dura roca y la Palabra sembrada 
con amor y constancia abre los corazones. Moverse entre las espinas acarrea laceraciones y 
piquetes, pero hay quienes se han tornado ariscos y defensivos por falta de amor, y sólo el 
bálsamo de la Palabra amorosa logrará sanarlos. Salgamos a los caminos, no nos 
encerremos en el capillismo de nuestro grupo. Necesitamos llevar la Palabra a todas las 
veredas, a todos los sitios, interpelar a los desconfiados, mover a los indiferentes, animar a 
los desconfiados. La Palabra tiene que anidarse en el corazón para poder dar fruto, pero si 
no la sembramos ¿qué esperanza tendremos? La parábola termina de una forma alentadora: 
la tierra buena da frutos, unos, ciento por uno; otros sesenta; y otros ochenta. Ciertamente 
la Palabra que sale de la boca del Señor no volverá sin resultado. Para cambiar la faz de la 
tierra, de “la madre tierra”, se necesita cambiar los corazones y sólo la Palabra es capaz de 
realizar esta transformación. 
¿Qué estamos haciendo por el cuidado de “la Madre Tierra”? ¿En qué se nota nuestro 
compromiso serio por cuidarla y protegerla de la basura, de la contaminación y del 
deterioro? ¿Cómo estamos sembrando la Palabra en cada lugar y en cada momento en que 
nos ha colocado el Señor?
Padre Bueno, tu Palabra nos amó antes de que el sol ardiera, antes del mar y las 
montañas. Todo lo hizo nuevo, todo lo hizo bello. Danos palabras verdaderas para 
responder a tu Hijo, eterna Palabra. Amén.




Hoy, XV Domingo del Tiempo Ordinario, Jesús nos presenta la parábola del sembrador. La semilla es siempre buena. La diferencia está en la tierra que la recibe. Dios habla, pero el fruto depende también de cómo lo escuchamos.

1️⃣ La Palabra de Dios no es una opinión más entre tantas. Isaías afirma que sale de la boca de Dios y cumple siempre su misión. Puede tardar en germinar, pero nunca vuelve vacía.

2️⃣ Dios actúa como la lluvia. No hace ruido, no fuerza la tierra ni arranca inmediatamente el fruto. Penetra poco a poco, ablanda el corazón y prepara una vida nueva.

3️⃣ El sembrador siembra con una generosidad sorprendente. No reserva la semilla únicamente para la tierra buena. La arroja también sobre caminos, piedras y abrojos. Dios no se cansa de ofrecernos su gracia.

4️⃣ El borde del camino representa el corazón endurecido. Se escucha la Palabra, pero no se le permite entrar. Todo resbala. El alma termina impermeable a Dios.

5️⃣ El terreno pedregoso es el entusiasmo sin raíces. Se recibe el Evangelio con alegría, pero se abandona cuando llegan las dificultades. La fe no puede vivir solo de emociones.

6️⃣ Los abrojos son los afanes, las preocupaciones y la seducción de las riquezas. No siempre rechazamos a Dios directamente. A veces dejamos que mil cosas pequeñas lo ahoguen lentamente.

7️⃣ La tierra buena no es una persona perfecta. Es quien escucha, comprende, guarda la Palabra y permite que Dios transforme su vida. La santidad comienza por escuchar de verdad.

8️⃣ San Pablo recuerda que toda la creación gime con dolores de parto. También nosotros sufrimos y esperamos. Pero el dolor cristiano no es una agonía sin sentido: es una espera orientada hacia la gloria.

9️⃣ Los sufrimientos presentes no tienen la última palabra. Dios está preparando la plena libertad de sus hijos y la redención de nuestro cuerpo. La esperanza cristiana abraza también nuestra historia concreta.

🔟 Hoy conviene preguntarnos: ¿qué tierra encuentra Cristo en mí? ¿Un camino endurecido, un corazón superficial, una vida ahogada por preocupaciones o una tierra disponible para dar fruto?

La semilla ya ha sido sembrada. Dios sigue hablando. No culpemos a la semilla ni al sembrador. Pidamos un corazón humilde, profundo y perseverante, capaz de dar fruto para la vida eterna.

#EvangelioDelDomingo #PalabraDeDios #TiempoOrdinario #Jesucristo #FeCatólica

 Escucha  reflexiones y homilías en

Únete a nuestro grupo en 


PAZ  Y BIEN
DIOS TE BENDIGA

No hay comentarios:

Publicar un comentario