Reflexión
Monseñor Enrique Diaz Diaz
Monseñor Enrique Diaz Diaz
Obispo de Irapuato
13 de julio
San Enrique
Isaías 1, 10-17: “Purifíquense y aparten de mi vista sus malas acciones”
Salmo 49: “Dios salva al que cumple su voluntad”
San Mateo 10, 34-11, 1: “No he venido a traer la paz, sino la guerra”
¿A quién no le parecen sorprendentes las palabras que hoy nos ofrece San
Mateo? Siempre hemos afirmado e insistido en buscar una verdadera paz,
siempre luchamos contra las divisiones, procuramos y aseguramos que el
respeto en la familia es la base de una sociedad sana. Sin embargo, hoy
encontramos sentencias en los labios de Jesús que nos desconciertan si no
atendemos al espíritu con que son dichas y recogidas. Jesús es el signo más
grande de paz, es Él el príncipe de la paz. En su nacimiento se proclamó “paz
en la tierra a los hombres de buena voluntad” ¿Entonces por qué nos dice que
no ha venido a traer la paz sino la guerra? ¿Se justifican con estas palabras las
guerras religiosas que siempre han dividido a los pueblos y han causado tantas
desgracias? De ninguna manera. Estas sentencias que recoge San Mateo nos
vienen a expresar la radicalidad que Jesús exige a todos sus discípulos. No
pide una guerra de intereses y egoísmos como las que nos inventamos
nosotros. No favorece una división por intereses mezquinos como sucede en
nuestros grupos y aun en nuestras familias. Pero sí deja muy en claro que su
seguimiento no es un “juego”, no es una postura exterior, que pueda
compaginarse con actitudes injustas, provengan de quien provengan. Nadie
más exigente que Jesús en el cuidado de la familia y en el respeto a los
padres, pero no pueden los lazos familiares excusarnos de vivir plenamente el
Evangelio. Es triste comprobar que hay grandes líderes que traicionan y
engañan por lazos familiares. No podemos decir y exigir verdades al exterior y
vivir en la injusticia y en la mentira al interior de los hogares. Las palabras de
Jesús, lejos de apartarnos del hogar y de la familia, establecen una exigencia
mayor de coherencia y amor al interior de nuestras familias. La paz que
necesitamos construir con Cristo no es una paz de indiferencia o de acomodos
políticos en detrimento de la verdad y de la justicia. La paz que Jesús exige es
un fuego que arde en contra de la mentira y la discriminación; que ilumina la
oscuridad de la corrupción y del engaño; que descubre el interior del corazón.
REFLEXION
Padre Oscar Oliver Chavarria
La mirada compasiva de Jesús
Al contemplar el Evangelio de la viuda de Naín, descubro que Jesús nunca pasa de largo frente al sufrimiento humano.
Él va caminando con sus discípulos y una gran multitud lo acompaña. Al mismo tiempo, otra multitud sale de la ciudad siguiendo el féretro del hijo único de una viuda.
Son dos caminos que se encuentran: uno lleva la esperanza y el otro parece llevar solamente dolor.
En medio de esa escena, Jesús dirige su mirada hacia aquella mujer. El Evangelio dice: “Al verla el Señor, se compadeció de ella” (Lc 7,13).
Quiero detenerme en esa mirada. Jesús no vio solamente a una viuda llorando. Vio su corazón destrozado, su soledad, su futuro incierto y el vacío que dejaba la muerte de su único hijo.
No necesitó que ella le pidiera ayuda. Él tomó la iniciativa porque su corazón está lleno de misericordia. Comprendo que el amor verdadero sabe descubrir el dolor escondido y se acerca antes de que las palabras lo expliquen.
También yo necesito creer que Jesús me ve. Él conoce mis luchas, mis preocupaciones, mis cansancios, mis heridas y todo aquello que llevo en silencio.
Muchas veces pienso que nadie comprende lo que estoy viviendo, pero recuerdo que Jesús nunca es indiferente a mis necesidades. Él sigue siendo el mismo Señor compasivo que se detiene ante el sufrimiento de sus hijos.
Escucho sus palabras dirigidas a la viuda: “No llores” (Lc 7,13). No son una invitación a negar el dolor, sino una promesa de que la tristeza no tendrá la última palabra.
Cuando Jesús habla, siempre abre un camino de esperanza, sus palabras llegan al corazón antes de transformar la realidad.
Después, Jesús hace algo sorprendente. “Se acercó y tocó el féretro” (Lc 7,14). No permanece a distancia. Él acorta la distancia entre Dios y mi sufrimiento.
Se acerca a aquello que parece muerto en mi vida: mis ilusiones apagadas, mis fuerzas debilitadas, mis fracasos, mis pecados y todo aquello que siento perdido. Nada lo detiene cuando ama.
Luego pronuncia una palabra llena de autoridad y de vida: “Joven, yo te lo mando: levántate” (Lc 7,14). Esa misma voz quiere resonar hoy en mi corazón.
También a mí me dice: levántate del desánimo, de la desesperanza, del miedo y de la resignación. Con Jesús siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo.
El Evangelio continúa diciendo: “El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre” (Lc 7,15).
Qué hermoso gesto. Jesús no solo devuelve la vida al joven; también devuelve la alegría a aquella madre. Su compasión restaura lo que el dolor había destruido. Él devuelve la esperanza donde parecía imposible recuperarla.
Al terminar este encuentro, todos reconocen la presencia de Dios y exclaman: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” y “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16).
Yo también deseo acoger esta Palabra con un corazón dispuesto. Quiero creer que Dios sigue visitando mi vida cada día.
Jesús continúa tomando la iniciativa, acercándose con amor y poniéndose en mi lugar, su mirada compasiva me sostiene, su presencia me levanta y su misericordia me recuerda que nunca camino solo.
Cuando dejo que toque mi vida, el dolor se transforma en esperanza y mi corazón también puede alabar a Dios porque ha venido a visitarme.
Lee, medita, ora y comparte
P. Óscar
Escucha el Santo Evangelio en
No hay comentarios:
Publicar un comentario